No era un corte profundo pero la sangre seguía brotando de la mano que amasaba el llamador de la puerta. No necesitó esperar más que unos segundos infinitos. Primero se escucharon los pasos, después vio girar el picaporte. Al fin soltó las curvas de la aldaba de madera. Entonces vio aparecer a su tío y le dijo:
- No las vendas
El tío no lo escuchó. O sí. Pero no comprendió. No podía quitar los ojos de esas gotas de sangre que se reventaban contra la baldosa del pórtico. En la otra mano su sobrino sostenía la argallera que había sido del abuelo.
***
El último día del año había empezado con dolor: Hugo volvió a insistir con un asunto en el que llevaba tiempo: ser como Gene Kelly. Esa noche iba a matar dos pájaros de un tiro: daría otro paso en ser un artista integral y además divertiría a sus amigos con una performance para atravesar al año nuevo. Hay algo que se llama sincronización. Es lo que se necesita para que en el medio de un zapateo americano con las manos en el bolsillo, la pierna izquierda se eleve encogida al costado del cuerpo en un salto, mientras la otra va en su búsqueda para golpear los talones en el aire. Todo al mismo tiempo en el que el bailarín mira sonriente al público.
Esa mañana Hugo había fallado en la coordinación. Sus manos llegaron a amortiguar el porrazo. Pero su fracaso, el primero de una serie que se extendería a los inicios de enero, había sucedido por la tarde... Después de tres horas de intentar tallar la madera, sostenía una figura sin gracia, sin ton, sin son. Y el culo, su culo regordete, dolorido.
A las cinco de la tarde del 31 de diciembre entre el olor a resina y un desorden de aserrín, Hugo consideró el fracaso. No era el dolor en el culo a causa de un nuevo intento fallido en zapateo americano. Era una talla malograda en un arte que jamás antes había intentado. Así es el fracaso: no da razones convincentes.
Salió a caminar para perderse del fastidio.
El día anterior y casi sin darse se había iniciado en un juego recién descubierto en un libro de contabilidad abandonado entre tanto fierro y madera en el galpón de su abuelo Adolfo. Se trataba de una pequeña e insólita celebración que éste hacía año tras año cuando llegaba el cumpleaños de Alicia, su esposa. Por las respuestas de ella en cada folio (el anuncio de Adolfo era invariable: la fecha y el sitio en el que Ali debería buscar) pudo reconstruir la trama de cada cumpleaños: su abuelo le obsequiaba una pieza de madera, tallada por él mismo, que ella debía ir a buscar en algún rincón de la ciudad.
Hugo sabía muy poco de sus abuelos. Alejado de su familia paterna no le había resultado fácil acercarse a Dante, el hermano de su padre, para preguntarle si había alguna posibilidad de utilizar el galpón de esa casa vieja para ensayar.
El hallazgo del libro, invicto de cualquier asiento contable, le reveló una primera sorpresa: aquel abuelo distante, contador público y tan dado a los números, tenía habilidades de carpintero. En la primer página una frase atravesaba con tinta china el ancho del papel sin respetar las columnas del debe y del haber: "A ella, la del hilván, cada vuelo de aserrín". En ese primer folio la misma letra había escrito:
"1/11/71 - Está en el umbral de la calle Squeo nro 33"
Apenas unos renglones en blanco y otra letra respondía:
"¡La encontré!. Es preciosa. Muchas gracias".
En la página siguiente la misma caligrafía volvía a fechar: "1/11/72 - Está en la esquina de Rubén Paz y Gottardi". Y la misma otra letra: "Es todavía más hermosa, Adolfo. Gracias. Ali"
Las siguientes páginas repetían el circuito: la constancia calendaria del abuelo y las variaciones de los ánimos y colores en las respuestas de su abuela. Y casi nada más.
Pero desde hacía más de una semana ese "casi" tenía a Hugo intrigadísimo: cada tanto en el libro una tercera caligrafía, sin nombre, irrumpía a fuerza de comentarios deslizados a pie de página.
***
Después de varias cuadras, Hugo se detuvo ante una puerta labrada en madera. Algún carpintero había logrado arrancar voluptuosidad a ese material ingobernable. Descorazonado, de repente tuvo el impulso de encastrar la talla fallida que llevaba en su mano en una de las curvas perfectas de la puerta. Para su sorpresa el objeto calzó bien en el recoveco. Sacó su celular y tomó una foto.
Al día siguiente cuando abrió el archivo con la imagen no pudo creer lo que vio.
Hugo no recordaba haberle sacado una foto a la puerta antes de haber encastrado en ella la magra pieza de madera que había tallado. Amplió la imagen en su computadora pero no halló vestigio alguno del objeto que él mismo había puesto antes de fotografiarlo.
No solía andar diciéndolo por ahí pero desde hacía un tiempo él se inventaba un futuro de artista integral capaz de intevenir el espacio público con diversas disciplinas. Pim pam pum y magia, y así. El descubrimiento de aquel libro contable le abrió el campo a otro hilo de la misma trama: transformar la madera.
En los días previos a ése su primer intento se había ocupado de manipular la azuela y las gubias, reclamándose sensibilidad y no técnica. El resultado había sido desalentador. Pero ahora caía en la cuenta de que en el pasado que habitaba a su familia alguien insospechado ya se había ocupado de intervenir la calle: tallas escondiditas en zaguanes, en escaleras, entre ramas de un árbol.
Después del uno, el dos. Después del dos, el tres. Y el cuatro. Justamente el cuarto folio del libro de contabilidad en el que jamás se escribiera asiento contable alguno, descubrió la primer llamada a pie de página. La convocaba un asterisco, insertado junto a lo que había sido la respuesta de Alicia a la búsqueda de la talla del juego correspondiente al 1 del 11 del 74 ("'¡Luche y baja!', me dijo un tipo que pasaba en el mismísimo momento en el que me estaba trepando a tu árbol. ¡No quiero imaginar lo que vio, Adol!... Ésta sí que fue digna de nosotros"). La llamada a pie de página acotaba: "¿qué habría sido de tal follaje con mejores vientos soplando?"
A ésa y otras opacidades se le sumaba ahora una quenitecuentomirá: en la segunda foto que sacó frente a la puerta no sólo había desaparecido la talla que él había calzado en la moldura, no...
La noche del 31 sus amigos no supieron que de no ser por el dolor en el culo Hugo los hubiera divertido con una performance a lo Buster Keaton. Pero el mismo 2 de enero él ya estaba otra vez repartiendo sus vacaciones entre la gestualidad de sus músculos y la que pudiera arrancarle a la madera. Esos dos modos de lo sensible definían a su tío Dante por el opuesto: un forro, bien, pero un forro al fin.
El hermano de su padre siguió los pasos del abuelo Adolfo: contador público. Y en el camino se quedó con la casa familiar. O casi. Una oscura cuenta mal hecha en el mito familiar estaba prendida con alfileres en algún rincón de la anatomía de Hugo. Una serie de indicios le hacían entrever que Dante también lo había seguido en la relación con la carpintería. Por lo pronto toda esa madera en el galpón, que gracias a él supo que se trataba de nogal y de cedro, parecía una partida llegada en un tiempo posterior a la muerte de su abuelo.
Además, aún no sabiendo nada del asunto, le resultaba llamativo que las herramientas no mostraran ni el más mínimo rastro de óxido. Pero su tío era de pocas palabras. Las abría en manojo con el desdén por su padre para volverlas a cerrar como un puño de silencio: "mi viejo fue un infeliz, nunca fue a fondo con nada ni la dejó a tu abuela realizarse. La vieja se quedó en la costura. Se llenaba de expresiones de deseo que jamás concretaba. Así como llenó de herramientas al pedo este lugar"
- ¿Quién se llenaba? - preguntó Hugo - ¿Se llenaba de qué? El tono poco amigable del tio lo hizo encogerse de hombros. - No te hagas el comediante, pendejo. Puse un aviso en la WEB para volar todo esto - y señaló hacia la argallera y demás instrumental
Esa tarde Hugo privilegió el fragor del cedro, apuró su técnica inexistente con la gubia y el cepillo. Empezó a sentir que esas herramientas empezaban a hacerse de arena en el reloj inexorable que acababa de volcar su tío.
Hacia la caída del sol una vez más había fracasado con la talla. Cuando abandonó el intento, lejos de concluir continuó: tomó el trozo de madera, oloroso y tibio por el fragor que le habían encajado sus manos torpes y salió otra vez a la calle.
Anduvo y anduvo hasta que el rabillo del ojo detectó otra puerta de madera. Miró de frente sus molduras, sus recovecos suntuosos. Buscó calzar su talla. No encontró el calce perfecto de la vez anterior, pero logró apoyarla sin que se cayera. Tomó el celular. Sacó la foto. Volvió al galpón con impaciencia. Al bajar la imagen a su portátil otra vez la maravilla: no estaba la talla pero sí ese dibujo.
En el quinto folio del viejo libro contable encontró la segunda llamada a pie de página. Nacía de la casi inalterable consigna de cada año indicando el punto de la ciudad al que Alicia habría de dirigirse, en este caso el 1/1/75.
El asterisco y el comentario insertado se sostenían en otra caligrafía, una tercera voz en ese curioso libro contable decía: "anoche erré en la lectura de esta línea de Puig: 'a esconderte los labios con un beso de amor'. ¡Yo había leído 'a encenderte los labios con un beso de amor'!. Eso me hizo pensar en estas hojas, en su imposibilidad de fuego. No hay una sola imagen aquí que no esté malograda por su humedad".
En el poco tiempo transcurrido desde el descubrimiento del libro Hugo había andado y desandado esa sucesión de llamadas que se había vuelto central de su interés: ¿quién hablaba allí?. Sin advertirlo eso mismo que jamás antes lo había interesado era ahora su vocación de verano: la vida de esos otros que llamara "mis abuelos".
Pero tuvo que interrumpir la tarea. El emperador Gengis Kan se había travestido en el esmirriado cuerpo de su tío Dante, golpeó la puerta y casi sin esperar respuesta se metió en el galpón con un extraño. Era el primer interesado en comprar las herramientas. Un rato después Hugo y su tío conversaban allí mismo y a solas. El brevísimo visitante había intentado regatear y Dante lo había despedido sin más, con ese aire mongol de gallego de barrio.
- No tengo problemas en que las uses, pero asegurate para la próxima que las herramientas estén bien limpias cuando vengan a verlas - Sí, tenés razón... Che, ¿vos habías visto este libro? - Hugo lo abordó extendiéndoselo, todo en un sólo movimiento
El tío lo tomó sin interés, lo hojeó, le preguntó dónde lo había encontrado y se lo devolvió con ese gesto de hartazgo que su sobrino ya le conocía bien:
- Tenelo si querés. No creo que entre en el paquete de venta - y sonrió con un desdén que Hugo estuvo pisoteando después durante un largo rato mientras intentaba, ya a solas, recrear la coreografía del deshollinador. Del único deshollinador de la historia del mundo.
Recién en el octavo folio había una nueva llamada a pie de página: "consumidos los años en fuegos acuosos. No hubo incendio que te durara más que unos días entusiasmados. Pocos".
Hugo nunca había imaginado el erotismo del olor a resina que exuda el nogal. De pronto una leve corriente eléctrica le mordisqueó el espinazo. ¿Qué sentiría una mujer si la acariciase con esas manos nuevas, esas palmas ásperas, rugosas de a saltos, que estaba esculpiendo en estas semanas de carpintero?.
Mientras intentaba torcer la suerte con su nueva talla, le dio vueltas a una hipótesis que había empezado a tomar cuerpo: quizás esa tercera voz fuese la de una amante que para el momento de escribir sus notas ya estuviese apagada por los días. Una mirada amarga y ya distante de las horas del fragor. No había marcas de adjetivos ni de pronombres ni de posesivos que revelasen que se tratara de una mujer, sin embargo esa letra aplicada y redonda la hacían suponer. Pero, ¿y si esa amante no fuese de su abuelo sino de su abuela?.
En ese instante la punta del cincel le mordió la palma de la mano. Tuvo que salir a prisa del galpón hacia la casa principal en busca de alcohol. Volvió tan pronto como pudo. No se podía dar el lujo de ceder más terreno en su impericia con la más mínima infección. Trabajó un poco más en la talla. Pero esta vez se rindió fácil. Nunca había vislumbrado que Alicia pudiera tener una amante mujer. Sin embargo no era una idea afiebrada, lo poco que había escuchado de su abuela la pintaba vagamente como una mujer "muy setentas". Pero si así fuese, y sino también, si la amante fuera de su abuelo, ¿cómo había llegado ella hasta ese libro?. ¿Lo habría alcanzado allí, en el entorno mismo de la casa?, ¿o el libro llegó después al galpón?.
Lo que sí parecía es que ni Adolfo ni Alicia tuvieron chance de leerla. Tendrían que haber reaccionado: alguna observación, tachadura. No había el más mínimo signo de oposición. Una tercera voz llegada a esos folios en un tiempo posterior, pero a su vez contemporánea y partícipe de los hechos contabilizados allí, año a año.
"Qué cosa extraña el olor del nogal después de la legra", pensó Hugo en el mismo instante en que se dio cuenta de que esa mañana se había olvidado de ponerse medias. Ahora entendía por qué le estaban doliendo tanto los dedos gordos de sus pies.
A la mañana siguiente Hugo tardó en identificar por qué tenía el pecho tan apretado. Recién lo supo al consumarse el fracaso de la segunda visita de un comprador de herramientas. En el preciso instante en el que ese hombre se retiró, un tropel de caballos de oxígeno le derribó al galope los portones del plexo.
"Calidad despareja", masticó su tío, repitiendo el mismo comentario del visitante que también había irritado a Hugo. Un momento después conversaban sobre el hobby, así lo llamaba Dante, que aparentemente le robaba a Adolfo horas y horas del fin de semana y de su mujer:
- ¿Te parece que da para venderlas?
El tío lo miró sin responder, pero hubo un gesto ínfimo en el que su sobrino quiso entrever una duda - Si algo tenía tu abuelo era mano suelta para invertir en su hobby. Valen. - ...¿Vos estás al tanto de lo que hay en ese libro? - el tío lo miró con atención, esperando que se lo revelase - ... ¿Nunca se te dio por abrirlo y leer? - Es un libro inutilizado con anotaciones del viejo y sus ataques de culpa. Igual hoy nadie usaría eso para llevar contabilidades - ¿Qué culpa?
- Huguito, no rompas los huevos. Si te gusta ese libro quedátelo. No tengo ganas de hablar de mi papá. Preguntale al tuyo en tal caso
- Está bien, disculpá.... Igual, dejame hacerte una última pregunta y te juro que no te jodo más... En ese libro hay una historia de tallas que el abuelo le regalaba a tu mamá todos los años, ¿tenés idea de si la abuela pudo haberlas guardado en alguna parte?
- Nene... - entrecerró los ojos, socarrón - de las boludeces del señor Adolfo, estas herramientas son el último resto - ¿Te parece una boludés eso? - Tu abuelo no fue ni chicha ni limonada. Agua tibia que cada tanto tomaba temperatura por un rato. Pero con eso no cebás más que tres mates. ¿Querés estas herramientas?. Juntate unos mangos y ganalas. ¿O vos también? - ¿Yo también qué?
Dante pegó media vuelta y antes de desaparecer se detuvo un instante justo bajo el dintel de la puerta del galpón para recordarle que dejase todo ordenado.
Hugo tomó un trozo de nogal. Hizo el intento más furioso. No sólo no le importó volver a fallar, pareció tallar el fracaso mismo. Después su reino: salir a la calle, sin rumbo, no detenerse fácil, dar con una puerta despierta. Buscarle su detalle, calzar ahí la talla una vez más errada; sacar la foto.
Y entonces lo ya sabido de lo incomprensible que a veces sucede...
Guillermo Cabado
(mañana 8 de enero, el capítulo 8)
(todas las fotos fueron tomadas entre Montevideo, principalmente, y Colonia)
Esa mañana se sobresaltó. En pleno intento de recrear el zapateo de Dick van Dyke pisó mal sobre el enorme baúl sepultado bajo trastos viejos y estuvo a punto de doblarse el tobillo. Con una arpillera disimuló el hundimiento provocado a la madera y dejó su pie en descanso. En verdad fue una prevención banal, su tío no parecía interesado más que en el orden y limpieza de las herramientas para cuando llegaba algún potencial comprador. Pero si bien ese mundo había sido no sólo de su propio abuelo sino también de su padre, todo sucedía como si Dante fuese el propietario de ese mundo; y él un intruso al que le habían concedido una estadía pronta a vencer.
Volvió a leer las llamadas a pie de página del libro contable. La serie curiosamente se interrumpía dos años antes del último ritual de Adolfo y Alicia. Hugo hubiera deseado preguntarle a su propio padre sobre la historia de esos dos. Pero él recién volvería en febrero de su viaje. Por otra parte su papá no se caracterizaba por ser alguien enterado de la vida de los otros. Tampoco sería fácil bordearlo sin preguntarle sobre la posible presencia de una mujer entre sus propios padres.
Las últimas palabras de esa tercera voz del libro tenían algo, una cierta referencia al gesto de pelar manzanas, que lo conmovía sin entender bien por qué. Se secó la humedad de sus párpados pero sólo se provocó un pequeño lodazal al borde de las pestañas. El aserrín dulce que perlaba sus manos y flotaba en el aire le irritó los ojos. Por un momento sintió como siente un carpintero ciego que no gobierna el fruto de sus manos, pero que por el tacto se entera del pequeño gesto logrado en la madera.
Quién no se ha preguntado alguna vez, enredado en serpentinas de viruta, "¿así era la felicidad de mis ancestros?".
Esa mañana Hugo tuvo noticias de ella: en dos días cantaría en un bar.
La rosa de los vientos está en el destino de los hombres. El corazón se le aceleró y de repente su persistente búsqueda de días cambió de sed: ¿podría realizar una talla para regalársela al terminar su show?. Pensó en esa última llamada a pie de página que se desprendía del 1/11/86: "Tu mandala, el de pelar manzanas cada vez: 'se espera lo que ya llegó, pero se lo busca más fácil donde no está'".
Lo interrumpió la puerta abierta por huracanes de gallos. Otra vez Gengis Kan le hacía saber su condición de refugiado sin patria, ahí mismo en lo que fueran los dominios de su abuelo. Hugo mantuvo el pulso firme de deshollinador y carpintero: "no sabía que venía un comprador, no tengo las herramientas en condiciones".
Antes de que el tío empeñara sus esfuerzos de toro, el visitante dijo que no había por qué preocuparse. Las miró. Las palpó. Las sostuvo sobre las palmas de sus manos, probándole el peso y la empuñadura mientras le hacía comentarios a Dante. El aire se rompía de olor a resina. La pronta decisión del hombre borró la mueca aburrida del tío: "las compro".
Otro golpe rotatorio de los vientos. El deshollinador cayó del tejado por esa embestida de nueve letras del aliado de Kan. Escuchó como entre sueños una conversación en la que el hombre anunciaba que volvería en unos días a retirarlas. Los oyó irse a la casa principal a concretar la seña. Y no tuvo fuerzas para retomar la talla.
Pero entonces consideró por primera vez que acaso las tallas que en cada cumpleaños Alicia descubría escondidas en algún punto de la ciudad, estuviesen en la casa. Esperó que se marchase el comprador y golpeó la aldaba de madera que desde hace años persistía en reemplazar al timbre. Cuando su tío abrió no le permitió pensar: - Necesito saber si vos tenés las tallas de la abuela Alicia - ¿De qué carajo hablás, Hugo?
***
Dos horas después se había resignado. Naufragaba entre sus maderas. Esos trozos de cedro y nogal que habían sido de su abuelo, ahora eran todo lo que le quedaba.
- ¿De verdad no sabés nada de esas tallas que se inventaron tus viejos durante años? - ¿Inventaron?. Basta con esta franela, pendejo. Basta. ¿Qué querés inventar vos de la historia de tus abuelos?. ¿Qué es toda esta épica por unas tallas de cuarta?. ¡En esa historia no había una sola foto que se prendiera fuego!. ¡Una, eh!.
Lo tenía. Gengis flaqueaba, usaba palabras que no salían de la boca del Contador Público del Imperio Mongol. Ahí mismo Hugo perdió la virginidad, por primera vez tuvo la experiencia de decir verdad sin ser capaz de entender sus resortes:
- ¡¿Una?!... ¡Sí, hay una historia! - ¡Un rejunte de años vegetando! - respondió el Imperio - ¡¿Y vos qué sabés?! - ¡¿Y lo vas a saber vos?!...
No lo iba a saber ninguno de los dos. Después de las iras, Hugo obtuvo permiso de Dante para buscar en algunos lugares de la casa; tal vez estuviesen las tallas, algunas. Luego de un rato de hinchar el aire de los desvanes y armarios, volvió resignado al galpón. Intentó otra talla con la urgencia en el vientre. Pero no le fue mejor. De todos modos, a esa altura de enero ningún golpe de cincel aboliría la salida posterior a la calle, el cazar maderas labradas con el rabillo del ojo, el fotografiar, y el después. El después de la alquimia inentendible...
Pero esta vez Hugo no abandonó su talla en puertas ajenas: mientras los grillos chirriaban ahí afuera borrachos de resina del galpón, la rodeó lentamente como quien le pasa los ojos por la cintura. Imaginó hendirla por el contorno. Tomó la argallera. Empezó el surco,. Un diente entonces le mordió la palma de la mano. Se envolvió en un trapo. Salió furioso del galpón
***
No era un corte profundo pero la sangre seguía brotando de la mano que amasaba el llamador de la puerta. No necesitó esperar más que unos segundos infinitos. Primero se escucharon los pasos, después vio girar el picaporte. Al fin soltó las curvas de la aldaba de madera. Entonces vio aparecer a su tío y le dijo:
Hugo se levantó temprano, tomó la talla del día anterior, corrió todos los objetos arrumbados sobre el baúl y en ese mismo barrido sintió vez por vez el dolor de su herida. Apoyó la poco agraciada pieza de nogal y comenzó a inventarse una coreografía alrededor de la talla. Esa noche cantaba ella en el bar e iba a querer regalarle eso que le había nacido de los dedos, del ensayo y del error. Y, por qué no, bordear la madera con luciérnagas de Buster Keaton.
La música flotaba en el aire. Y en la carne del aire empezaron a clavarse como guijarritos las palabras de su tío del día anterior: aquello de la foto que jamás se incendiara. Pasó aún un rato antes de que él se diera cuenta de que esa imagen le resultaba familiar.
Abrió una vez más el libro, recorrió las llamadas a pie de página y la teoría de la amante se volvió insostenible. "¡Qué pedazo de tulipán el tío!... el tipo resultó tener letra de mina!". Cada letra de aquella tercera voz empezó a resignificarse para Hugo mientras se reía de su frase.
Recordó entonces una de las pocas imágenes que perduraban de su abuelo: el modo como de rulo de viruta con el que caía la cáscara de las manzanas sobre el plato cuando las pelaba al final del almuerzo. Esa lentitud de la cáscara que lo obligaba a la espera cuando él sólo quería levantarse de la mesa y salir a jugar.
Encontró entonces lo que hubiera querido decirle a Dante el día anterior: una historia, una historia que no fuese una colección de buenas fotos sino tan sólo un surco zapado en el aire para que el tiempo pueda deslizarse.
Retomó su baile hasta que de repente se sintió un imbécil: por primera vez desnudo, el baúl le enseñó su cerradura. Surgió entonces la idea más evidente y hasta ahora ausente: tras el ojo para una llave, siempre se dibuja su delotrolado. Buscó con qué abrir. Cada movimiento le recordaba la dentellada que le había pegado la herramienta el día anterior. Esa noche tal vez podría llevarle a ella algo mejor que su fracaso de madera: una talla de Adolfo.
Quiso agitar el considerable baúl sólo para saber si acaso allí adentro... No había modo de saberlo. Tomó un cincel de entre las herramientas y buscó el martillo. Su mente regresó por un instante a lo anterior: un surco donde el tiempo corra, porque tal vez en las historias haya un hilo frágil pero cierto que en ellas se reconoce a pesar del peso cotidiano de la vida.
Al fin encontró el martillo. Apoyó entonces el cincel sobre la cerradura. Mientras levantaba el brazo pensó en cuál sería su propio hilo. En pocas horas en el cielo de la noche se recortaría la luna llena de ese once de enero tan pleno de su nombre. Del nombre de ella.
Guillermo Cabado
(todas las fotos fueron tomadas entre Montevideo, principalmente, y Colonia) (Los GIFs pertenecen a obras vinculadas con Pina Bausch)
Thursday, December 03, 2015
PERDER TU PÉRDIDA
(texto con el que abriéramos en la radio el programa sobre “ludopatía”;
invitada: Mariela Coletti)
“…y es por esto que nadie que habite esta lengua (japonesa) tiene necesidad de ser psicoanalizado, sino para regularizar sus relaciones con las máquinas tragamonedas — incluso con los clientes más simplemente mecánicos”
(Lacan, “Aviso al lector japonés”) (1)
Ayer mientras volvía sobre este breve pasaje del "Aviso al lector japonés"de Lacan, me di cuenta de que hablaba de las relaciones con otros a los que les damos una doble condición: de clientes y de tragamonedas. Sí, entre esos otros podrían incluirse las reconocibles máquinas que habitan cuanto casino hay por ahí. Pero en la frase de Lacan se esboza que una persona también podría resultar ser un partenaire tragamonedas. Justo acababa de repasar ese final abierto de “El jugador” de Fiodor Dostoievsky y no pude evitar imaginarme el ritual que se habrá repetido durante semanas y semanas: Fiodor dictándole a Polina Suslova su novela, es decir: la historia de otra Polina (Polina Alexandrovna). Dostoievsky frente a una mujer y una máquina de escribir. Con el tiempo, sabemos, terminaría proponiéndole casamiento a esa muchacha dactilógrafa.
Y no pude evitar jugar: ¿En qué momento de aquel dictado habrá empezado a suceder algo entre Dostoievsky y ella?: ¿antes o después de que le dictara la parte en que Polina, la hija del general, le reclama a Aleksei Ivanovich que haga algo por ella: que vaya a jugar a la ruleta?; ¿antes o después de que Aleksei se encuentra con más y más demandas de parte de Polina?. ¿Antes o después de que él ya esté atrapado por el impulso a jugarlo todo en una apuesta contra la ruleta? (es fácil especular que Aleksei es el mismo Fiodor, pero no deja de ser una especulación…). Lo que sí es cierto es que en esa época había máquinas de escribir pero no máquinas tragamonedas (lo cual no elimina la posibilidad de partenaires tragamonedas en pleno siglo XIX).
Tampoco pude evitar recordar que durante buena parte del seminario II Lacan se dedicó a hablar de máquinas, y fue así que desembocó no sólo en hablar de cibernética sino del cuento de Poe “La carta robada”. Y justo, llegado a ese punto, tuvo una ocurrencia: convertir el juego del “par o impar” en una secuencia de tirada de monedas. Fue ese día en que nació esa máquina de determinación simbólica hecha de letras y números que todos encontramos en “El seminario sobre la carta robada”.
Sabemos que con el tiempo Lacan puso en cuestión que alcanzara con ello para dar cuenta de lo que sucede en un análisis: hay algo que se produce una y otra vez como pérdida en esa máquina. Volví entonces a pensar en Fiodor y Polina. En la pasión de Dostoievsky por la ruleta. Se me vino en mente entonces este poema de Roberto Juarroz (2): "Si has perdido tu nombre, recobraremos la puntada de las calles más solas para llamarte sin nombrarte. Si has perdido tu casa, despistaremos a los guardianes de la cárcel hasta dejarlos con su sombra y sin sus muros. Si has perdido el amor, publicaremos un gran bando de palomas desnudas para atrasar la vida y darte tiempo. Si has perdido tus límites, recorreremos el cruento laberinto hasta alzar otra forma desde el fondo. Si has perdido tus ecos o tu origen, los buscaremos, pero hacia adelante, en el templo final de los orígenes. Solamente si has perdido tu pérdida, cortaremos el hilo para empezar de nuevo." Guillermo Cabado
(1) Se trata del prefacio del 27/1/72 escrito por Lacan para la edición de sus "Escritos" traducidos al japonés.
(2) Poesía vertical IV. Su aporte se lo debo a Andrea del Giorgio
Saturday, October 17, 2015
DEL JUICIO ORAL COMO SHOW
AL "ESO MIRA"
(En su visita a "Radiofonía": la notable trabajadora que resulta ser la jueza Gladys Krasuk)
Posiblemente entre bambalinas de las cuatro clases que dedicara Lacan a "la esquizia del ojo y la mirada" (febrero y marzo de su seminario de 1964), esté sucediendo un diálogo con Michel Foucault, más precisamente con su abordaje de un año antes sobre "el nacimiento de la clínica".
Y ante ese diálogo, ¿cómo no pensar en aquel Charcot que de joven había querido ser pintor y que ya de adulto se dedicara a pintar el cuadro de la histeria para su público de la Salpetriere (aquel que ofrecía su mirada como soporte necesario para que el cuadro no se cayera a pedazos)?.
¿Cómo no pensar en esa posta que Foucault ubicara 11 años después en "Vigilar y castigar"?: aquel pasaje comprendido entre el verdugo y sus tormentos previos a la ejecución de la pena de muerte y el abordaje "de un ejército de técnicos" (Foucault, dixit) que con su conocimiento asegurarán una mejora en la economía del dolor físico antes de una pena de muerte. Un conocimiento técnico que los habilita a decidir qué es lo que anda y lo que no anda en un cuerpo.
Es en este último deslizamiento donde un hilo conecta lo aparentemente inconectable entre el verdugo y el "médico, psicólogo, psiquiatra" (otra vez: Foucault, dixit): el show como disciplinamiento del público.
GLADYS KRASUK, O LA TORSIÓN DEL SHOW DISCIPLINADOR EN OTRA COSA
En nuestro programa de "Radiofonía" del lunes 12/10 nuestra invitada, la jueza Gladys Krasuk, nos habló del juicio oral como un show. Pero en el desarrollo de lo que ella se propone en un juicio lejos de aparecer la idea de "disciplinamiento" surge una búsqueda conmovedora por cederle la posición de sujeto al joven que está allí imputado.
Justo en ese punto nos evoca algo del origen del psicoanálisis: la posición de oyente de uno de los tantos que fueron parte del público del show de la Salpetriere, Sigmund Freud.
Por cierto, no hay modo de analogar la posición de un psicoanalista con la posición de un juez. Argumentarlo en este punto resultaría una obviedad. Sin embargo lo que escuchamos de Krasuk el lunes pasado nos enfrentó a un punto sensible: las posibilidades que abre un oyente cuando su modo de intervenir en lo que el otro le dirige no está regido por el discurso del amo.
Los invitamos a escuchar el programa con la jueza para rastrear algo de esas posibilidades (1).
Pero en tanto éste es un programa hecho por psicoanalistas, también los invitamos a un viaje posible, el que se traza entre estos puntos del seminario de Lacan:
- La introducción del cuadro "Los embajadores" de Holbein en el mismo seminario en el que Lacan ubica la posición de Antígona ante la ley de los hombres ("La ética del psicoanálisis")
- La problematización del objeto que va desde el das Ding en ese mismo seminario, pasa por el agalma y Sócrates ("La transferencia, en su..."), la invención del objeto a el 9/1/63 ("La angustia") y desemboca en la subversión de la función del cuadro al retomar "Los embajadores" de Holbein ("Los cuatro conceptos fundamentales").
- Puerto que nos lleva al inicio de nuestro comentario: aquellas cuatro clases de febrero y marzo de 1964 con otro diálogo no explícito que mantiene allí Lacan, esta vez con George Bataille y su idea del ojo como "golosina caníbal". Esa suerte de oxímoron acaso sea la puerta para que dos años después Lacan se vuelva a servir de Foucault con otro cuadro: "Las meninas"("El objeto del psicoanálisis").
En definitiva si de algo no se quiere enterar el discurso del amo es que ese ojo que busca devorar en su show hasta reducirlo a un soporte de sus cuadros, puede virar en caníbal. No el canibalismo en el sentido social del término, sino el canibalismo del "Eso mira" que nace de las mismas entrañas del show. Ese "dado a ver" que rompe con la intersubjetividad: ya no se trata del partenaire a disciplinar, se trata de lo que resuena en una pregunta a la que el amo rehuye: "¿qué es esto que en 'mí' se agita cuando disciplino?".
Guillermo Cabado
(1) clic aquí para escuchar el programa del 12/10 de "RADIOFONÍA": http://www.spreaker.com/user/8307772
Saturday, September 26, 2015
TOPOLO... ¿QUÉ?
"Para decir todo, aquí es requerida una justa topología, y, por lo tanto, una rectificación de lo que está implicado comúnmente en el uso que hacemos todos los días de la noción, teórica, de transferencia"
(Lacan en el arranque de su seminario 8 sobre la transferencia, no hacía más de quince días que se presentara en Bonneval para hablar de la "Posición del inconciente")
Recién se fue un grupo de estudio. Nos detuvimos en este pasaje. Les dije que en breve, seminario 9, Lacan tomaría la topología de superficies (rama de las matemáticas que había llegado a su punto cúlmine de desarrollo hacia principios del siglo XX) para seguir formalizando lo que ya estaba en juego en su análisis del cuento de Poe, "La carta robada":¿qué quiere decir que para leer una carta/letra se requiera tener en cuenta que lo que hay para leer no es de ninguna profundidad sino que está oculto a la vista, a la clínica de la mirada?
Y les propuse este muy breve pasaje del libro de Marc Darmon, "Ensayos acerca de la topología lacaniana":
"Resulta así que es lo simbólico mismo lo que introduce una topología. La topología, en efecto, aborda el espacio desde un punto de vista que no es cuantitativo o métrico, sino cualitativo..."
Verdad de perogrullo a leer: en topología no se trata de cuantificar ni medir, sino de pensar en términos de cualidad. Vale para cuando un paciente por ejemplo viene a vernos "porque hace más de un año que no logra permanecer en un trabajo más de dos meses" y nosotros por ejemplo, transcurridos 6 meses de tratamiento nos preguntamos: "a ver, ¿cómo va el tratamiento?". Y se nos ocurre apelar a un clásico: "el motivo de consulta fue que no dura en un trabajo más de dos meses, a ver... ¿y ahora cómo le va con el laburo?"...
Sigue Darmon, dando cuenta de qué tipo de cualidad está hablando:
"..es decir que estudia la RELACIÓN entre diferentes LUGARES..."
Las mayúsculas son mías y quiero con ellas indicar que ahí tenemos una definición precisa de lo que está en juego en el término "topología" en Lacan, por más que se dice que no siempre la utiliza con el mismo rigor: "relación entre lugares". Digamos que, por ejemplo, ya cuando en el seminario II dice que el sujeto es un descentramiento está en juego un modo de pensar topológico: para entender qué es el sujeto en ese contexto es necesario pensar en una relación, una tensión entre "un centro" y "un Otro lugar, que es lo que no es centro". Y por cierto lugares que no son medibles sino que hay que leer en el decir del paciente: cuándo en su decir podemos verificar que algo se ha desfasado de esa ilusión de hacer centro en lo que se dice, en esa ilusión de que hablando habré de aprehenderme.
Y sigue Darmon:
"... relaciones de vecindad, de continuidad, de conexidad o, por lo contrario, de frontera, de separación y de borde"
Es en este punto que les dije: en otro momento podríamos detenernos a estudiar con mucha más precisión todos estos asuntos (Alfredo Eidelsztein es un buen referente bibliográfico por caso), pero por lo pronto voy a hacer una muy breve articulación de esa "vecindad" que por supuesto nada tiene que ver con el Chavo del 8. Se dice en topología que dos puntos son vecinos cuando no media entre ellos un corte.
Cortocircuito, y no tanto: volvamos al hipotético paciente que les consultara por los trabajos en los que no dura más de dos meses. Plantearse cómo va el tratamiento tomando como parámetro el hecho en sí del trabajo bien podría llevar a lo siguiente: "ahora hace 5 meses que está en el mismo trabajo... entonces el tratamiento va bien". Por supuesto, con ese criterio si luego de 6 meses de tratamiento nos encontráramos con que en "el mundo de los hechos" sigue pasándole lo mismo entonces... "el tratamiento no está funcionando". No parece un buen recurso...
Concluye el pasaje Darmon:
"...El principal resorte de la topología lacaniana consiste en la extraña relación que mantienen las palabras y las cosas"
Podría haber otro criterio para intentar responder a la pregunta por el tratamiento: por ejemplo que el paciente, si bien en el mundo de las cosas le sigue pasando lo mismo, en el tratamiento ha ubicado que "no durar en un trabajo más de dos meses"está de alguna manera ligado a "mamá siempre despreció a papá" pero también a "el viejo siempre me pareció un gil". No importa aquí las argumentaciones del paciente que podrían ligar estos puntos, simplemente se ha verificado que en más de un momento de las entrevistas "trabajo" viene ligado a estos otros dos items. Verificamos que el mismo paciente registra que no hay el uno sin los otros dos, no importa cuánto tarden en aparecer en su relato. Diremos entonces que son tres puntos "vecinos" en términos topológicos, esto es: infinitamente próximos(1).
Será ese tipo de "avances" los que tendremos en cuenta a la hora de preguntarnos por el tratamiento, y no si en el mundo de los hechos pasa tal o cual cosa con el trabajo (en tal caso lo que suceda allí en algún bien podrá ser consecuencia de lo que pase en el tratamiento, por añadidura)
En esa misma línea es posible entonces que en algún momento del tratamiento encontremos lo que en términos de topología de superficies podremos llamar un corte: será el caso en el que para el paciente "no durar en un trabajo más de dos meses" deje de de tener relación de "vecindad" con los otros dos puntos, el asunto del trabajo ya no se enganchará inercialmente con la cuestión del padre. Y no porque el paciente se dé cuenta de que no tiene sentido esa conexión, sino simplemente será a causa del modo en que ha venido tratando su decir.
Ese modo de tratamiento es otro capítulo que requerirá de otras puntuaciones. Puntuaciones que incluso nos muestren la diferencia de practicar en una cinta de Möebius un corte cual curva de Jordan a partir de un punto relativamente equidistante de los bordes o de un punto cercano a uno de ellos. Pero eso lo dejaremos para otro día...
Guillermo Cabado
(1) Como se trata de "infinitud" prescindimos de una medida como podría ser la de"vienen enseguida, uno tras otro". "Infinito" implica una abstracción lógica que no se soporta en una imagen: ninguna imagen de medida ("enseguida", o "tarda muchísimo")puede dar cuenta de tal concepto. "Infinitamente próximos" indica que son tan próximos que no hay modo de dar una imagen de la medida de ello sin falsear la cuestión. "Próximos" hasta que un corte los separe. Cuando esa "vecindad" se juega en la superficie del decir no será con un "date cuenta de...", hablándole al Yo, que se resuelva.
Thursday, September 24, 2015
ESTOS SON LOS GRUPOS DE ESTUDIO ACTIVOS
AL DÍA DE HOY
1) Seminario VIII de Lacan (lunes 10.15hs, semanal)
2) "El amor Lacan", libro de Jean Allouch (lunes 18.45hs, semanal)
3) Seminario IV y IX de Lacan, cruzados con "Letra por letra" de Jean Allouch (miércoles 17.15hs, semanal)
4) Seminario II de Lacan (miércoles 18.45, quincenal)
5) "Subversión del sujeto" de Lacan (miércoles 18.45, quincenal)
6) Seminario VIII de Lacan (viernes 11hs, semanal)
7) "Juventud de Gide" y seminario IX de Lacan, cruzados con "Letra por letra" de Jean Allouch (viernes 12.30hs, semanal)
8) "Lacan con cine", taller que se realiza eventualmente los sábados a las 18hs
9) Grupos promovidos por "Espacio de Encuentros": viernes 9hs (por Skype), miércoles 20.15 (por Skype) y viernes 10hs (presencial) (todos semanales)
COORDINA:
Guillermo Cabado
INFORMES:
cabado@hotmail.com
Saturday, September 19, 2015
RICARDO RODRÍGUEZ PONTE
por Carlos Marcos (*)
(Ricardo con Oscar Masotta, dibujo de la Cátedra Libre Masotta, precisamente)
(*) Texto leído en Encuentro Homenaje a Ricardo Rodríguez Ponte,
Biblioteca Nacional Argentina, Buenos Aires, sábado 22 de Agosto de 2015
Buenas tardes. Mi nombre es Carlos Marcos y soy el bibliotecario de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Ricardo detestaba esta cosa de “la Escuela de” pero como tanto insistía con: “mi escuela”, hoy voy a decirlo de esta manera —si Uds. me lo permiten, claro—: “Bibliotecario de la Escuela de Ricardo Rodríguez Ponte”.
Con exactitud, no sé qué hago hoy acá. Habitualmente no voy a ningún tipo de reuniones de ex-alumnos. Ni siquiera soy ex-alumno de Ricardo. No soy psicoanalista. No tengo el tono adecuado para este tipo de reuniones. Soy un desarrapado en infinitos sentidos. Un poco mal hablado, incluso. No sé con exactitud que hago hoy acá, pero quiero agradecer la invitación a que lo averigüemos juntos. Gracias a las organizadoras del encuentro: Mirta Cisneros, Mónica Dembinski, Bárbara D'hers, Sol Gómez Peracca y Carolina Jones.
Consulté con algunos amigos si hoy era preciso indicar que transité un breve recorrido por el consultorio de Ricardo y por distintas razones me aconsejaron que así lo hiciera.
Cumplo entonces con la premisa pero tan sólo para dejarla de lado puesto que no es desde allí donde pretendo compartir algunas palabras. Hice un poco de chapa, pintura, cambio de aceite, alineación y balanceo del inconsciente con Ricardo pero en todo caso será mérito mío al elegirlo o virtud de él aceptarnos y bancarnos como pacientes y alumnos. No mucho más, no mucho menos.
(Carlos Marcos)
El ámbito lacaniano es un país donde los traductores gozan del máximo prestigio pero de la mínima autoridad, donde su opinión es solicitada o consultada muy a menudo pero reconocida con menos frecuencia de lo esperable. Creo que parte del reconocimiento al trabajo de Ricardo se debe a su empeño y a su obstinación, aquello que Roberto Arlt llamaba “prepotencia de trabajo” y sobre todo a su generosidad.
Todos reconocemos una y otra vez que fue un tipo muy generoso y quiero ser muy preciso con esta cosa de la generosidad. Porque me consta que él enviaba sus traducciones a quién la solicitase y sin costo alguno aunque fuera un astronauta cubano residente en Rusia devenido psicoanalista-traductor de Lacan del español al ruso. (Para más dato: no es un chiste. No pude rastrear el nombre del astronauta cubano, pero es un dato real).
Tenemos que agradecer que a lo largo de los años Ricardo encontrara el tono y la voz de Lacan en castellano. No es poco. Hay mil ejemplos de ello. Uno de los primeros traductores de Baudelaire al castellano fue el catalán Eduardo Marquina, un excelente escritor y poeta pero que transformaba a Baudelaire en una cosa espantosa, no es sino hasta las traducciones Julio Cortázar que leemos a Baudelaire con la belleza que ya le conocemos y que con Marquina sólo se presentía. Ustedes. pueden decirme que finalmente el autor se impone a estas y otras fatalidades, puede ser. Pero en el ámbito de las letras, bibliotecarios, libreros y escritores damos razón de ello, las responsabilidades de “Autor/Autoría/Autoridad” son compartidas entre el autor y el traductor (también editor, prologuista, compilador, corrector, etc). Tan compartidas son —y Ricardo se reía de esto— que hay versiones de los seminarios de Lacan que él nunca tradujo y que le han puesto la célebre leyenda: “Establecimiento del texto, traducción y notas: Ricardo E. Rodríguez Ponte, para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires” como una especie de garantía de calidad.
Tenemos que agradecer que Ricardo encontró el tono y la voz de Lacan en castellano, si. Pero también recuperó el valor de la nota al pie de página, el valor de la cita precisa para el lacanismo que no es otra cosa que el valor del diálogo. Durante muchos años, alentados por el estilo de Lacan, por sus lacaneadas, se citaba poco, tarde y mal. Lacan, sobre todo en los seminarios, también en los Escritos, era un tipo medio jodido. La cita, es justamente eso: una cita. Un punto de encuentro para el diálogo, para la discusión, para la interlocución. Y muchas veces Lacan te citaba en la Av. Las Heras y Austria pero no te indicaba de que ciudad o te enviaba a Vietnam. Comprendo que a veces hay que perderse para hallar algo pero no es necesario jugar al gallito ciego todo el tiempo. Ricardo con infinita paciencia y generosidad volvió a trazar un mapa de lecturas tan necesario para avanzar en el estudio que hoy se hace imprescindible. ¿Cómo se hace eso? Estudiando, leyendo, leyendo y compartiendo, leyendo como un animal, un animal de lecturas, eso fue Ricardo, un animal de lecturas que buscaba y compartía pistas. Eso también fue Ricardo: una especie de “sabueso lacanino”.
Hablando de “sabueso lacanino”, también quiero ser preciso sobre una versión que circularía por allí, sobre que Ricardo era un cabrón. ¡Era un cabrón! Un muy lindo cabrón. Me consta que en 22 años de trabajo siempre fue un tipo respetuoso, amable y sumamente cariñoso. Nunca sentí el más mínimo maltrato, al contrario, siempre tenía un gesto afectuoso para quienes lo rodeaban. Ricardo era Ricardo. Su estilo no era el de la falsa modestia, ni el de la elegancia altanera... sino quizá la timidez más extrema. Es cierto que en las asambleas, reuniones, clases y presentaciones, metía la frase justa en el sitio molesto... o la frase molesta en el sitio justo. Es cierto. Quizá por eso algunos recuerden el sonido y el sentido discordante, atonal, divergente en sus intervenciones… como buen sabueso lacanino a veces ladraba… ¡Pero qué lindo ladraba!
En 1993 concurrí a una entrevista de trabajo para ocupar el puesto de bibliotecario en la EFBA y salí completamente desalentado. Tenía 21 años, no entendía nada de psicoanálisis, no había leído nada de Lacan, era un desarrapado total como ya he dicho, pelo larguísimo incluido y, para colmo de males, junto a mí esperaban para ser entrevistados tres o cuatro personas de traje, adultos muy serios, muy correctos todos. Para mi sorpresa me llamaron para dos entrevistas más y aquí estamos.
Ricardo había trabajado en el cartel de biblioteca —sobre todo al inicio de la fundación de la biblioteca— en el período de recopilación y organización de los manuscritos y traducciones de los textos de Lacan y toda la bibliografía adyacente. Luego seguiría colaborando ininterrumpidamente a lo largo de toda su vida como Uds. bien saben. El consejo que les había dado al cartel de biblioteca que me entrevistó tenía que ver con abrir la biblioteca a la comunidad y que el acervo de esta biblioteca privada, “Sólo para Miembros”, como se acostumbraba en esos años, se transformara en material de acceso público. El cartel de biblioteca de esa época (Elsa Coriat, Liliana Cantagalli, Rosa Furman y Guillermo Asencio) tomó el consejo como parte de su proyecto político y no sin pocos altercados llegó a ser el proyecto político de la biblioteca de la EFBA. Yo apenas venía de trabajar en bibliotecas populares y comunitarias así que coincidimos en el carácter de lo que estaban buscando: formar una comunidad intelectual, una comunidad abierta de lectores según los consejos de Ricardo.
De ese modo me plantaron en la Biblioteca de la Escuela. Me indicaron dos teléfonos y arreglate. Uno era el de Elsa Coriat que formaba parte del Cartel de Biblioteca en ese momento y otro el de Ricardo: “Para cuando la gente pregunte o pida cosas raras”, me dijeron. Los psicoanalistas siempre piden cosas raras, así que el diálogo con Ricardo fue constante y enriquecedor durante muchísimo tiempo. Hablábamos como dos ratas de biblioteca que éramos. De ediciones, traductores, fechas, autores, revistas, artículos, fichas, notas al pie, bibliografía, hallazgos, compra de libros, lecturas, etc, etc, etc... y ahí se filtraba la vida. Al comienzo lo llamaba todos los días, luego un poco menos y finalmente no pasaba una semana que no cambiáramos alguna novedad. Como niños cambiando figuritas. Así es como las consultas con Ricardo transformaron su biblioteca personal en un anexo de la biblioteca de la Escuela.
Con su estilo de generosidad, Ricardo Rodríguez Ponte, claramente encarnaba esto de formar una comunidad abierta de lectores.
Un ejemplo de estas cuestiones que hacen a una comunidad intelectual que quiero compartir con Uds. es el siguiente. Como les decía antes, la biblioteca de Ricardo era una especie de extensión de la biblioteca de la EFBA. Muchísimas veces en que buscaba algo que muchos de Uds. solicitaban en la biblioteca y no lo teníamos yo se lo pedía a Ricardo, él inmediatamente o me dejaba una copia, o me lo facilitaba o se ponía a disposición. De la misma manera él llamaba a la biblioteca en búsqueda de algo diciendo “¿Tenemos en la biblioteca tal cosa o tal otra?”. Él mismo consideraba una extensión de su biblioteca a la biblioteca de la escuela. El “tenemos” siempre me llenó de orgullo.
Cierta vez Ricardo andaba detrás de un librito de François Leuret que Freud cita una única vez en “La interpretación de los sueños”, hace una mínima mención de este libro “Las indicaciones a seguir en el tratamiento moral de la locura” (1846) y Ricardo tenía la presunción de que Lacan aludía a ese trabajo sin nombrarlo. La cosa es que no existía en la biblioteca de la APA, ni en la Facultad, ni en la Nacional, ni en la del Congreso, pero había un psicoanalista que había trabajado el texto y con seguridad lo tenía. No recuerdo el nombre pero lo llamé para pedirle una copia que me negó. La salida más elegante para este tipo de miserias es “No lo encuentro” y la aparentemente más chistosa pero que más me chifla es “tengo algo que la biblioteca y el resto de los mortales no tienen”. Este tipo de contestaciones las hay y más de lo que imaginan. La cosa es que no conseguimos el librito y como consuelo le repetí a Ricardo una frase de un viejo librero anticuario para el cual trabajé, Alejandro López Medús: “Ya la muerte nos traerá sus tesoros”. Lo divirtió muchísimo y cada tanto tras alguna búsqueda infructuosa la repetíamos como una especie de chiste macabro. “Ya la muerte nos traerá sus tesoros”.
Mucho tiempo después, unos diez años más o menos, Diego Cordón, tras la pista de Ricardo insiste en llamar a la biblioteca por este librito. Había pasado tiempo pero internet y los catálogos on line estaban muy avanzados y en el término de unos pocos días, a través de la Biblioteca Nacional de Francia, teníamos copia del librito en la biblioteca. Se lo pasé a Diego y le conté la historia e inmediatamente hizo una traducción que donó en agradecimiento a la Escuela y al dato de Ricardo.
Esto es generosidad vuelta generosidad. Esto es una comunidad abierta de lectores por la que Ricardo trabajó en silencio tantos años.
Con internet todo ha cambiado mucho. Pero yo vengo de un pueblo donde alguien compraba un libro y se compartía con medio pueblo literalmente. No era difícil porque éramos 500 habitantes. Pero así se descubrían lecturas, autores, traductores, libros y sobre todo: modos de leer. Quizá también tenga que ver con la cuestión de los recursos sumamente limitados. Seguramente. Pero distribuir, compartir, transmitir y difundir conocimiento es una posición política.
Porque no hay vida humana para leer todo lo que hay para leer es que la generosidad de Ricardo vale lo que vale. Y la funesta frase de humor negro “ya la muerte nos traerá sus tesoros” no aplica en este caso. Los tesoros de Ricardo Esteban Rodríguez Ponte siempre estuvieron y estarán con nosotros."